raulisman@yahoo.com.ar
Docente. Escritor.
Director de la revista
Electrónica Redacción popular.
Columnista del noticiero del canal Señal oeste
Colaborador habitual del periódico Socialista El Ideal.
La historia de todos los países atestigua que la clase obrera,
exclusivamente con sus propias fuerzas, sólo está en condiciones de
elaborar una conciencia tradeunionista (reformista, aclaración nuestra
igual que el subrayado), es decir,
la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra
los patronos, reclamar del gobierno la promulgación de tales o cuales
leyes necesarias para los obreros, etc. Lenín. Dirigente Revolucionario
Ruso.
Introducción
En el presente (mini) ensayo dejaremos sentada nuestra posición sobre
algunas cuestiones generales relacionadas con las organizaciones
sindicales y sobre la marcha actual de la relación entre el gobierno
nacional y popular con los movimientos gremiales y centrales de
trabajadores (así, dicho en plural). Particularmente la sonada ruptura
entre el gobierno nacional y el dirigente del sindicato de Camioneros
Hugo Moyano. Se trata de polemizar tanto con ideas antiguas, como con
algunas nuevas categorías, debate, en nuestra opinión, insoslayable
habida cuenta del profundo dogmatismo y posiciones erróneas imperantes
en espacios de izquierdas, progresistas, nacionales y populares acerca
de cuestiones gremiales. El epígrafe debido a la pluma de Lenín marca
los límites- en nuestra opinión- infranqueables de toda acción sindical.
Se trata de organizaciones cuya finalidad esencial es vender
adecuadamente (para los laburantes) la fuerza de trabajo. El precio de
la citada fuerza de trabajo no es otro que el salario, aunque tampoco de
modo exclusivo (ya que la materia de negociación incluye también
comodidades en el ámbito laboral, beneficios en salud, educativos de
esparcimiento entre otros). Y en tal tarea su efectividad reside, ni más
ni menos, que en su capacidad de mediación. Deben velar por ingresos
aceptables para sus representados, y, a la vez, bregar para que el
conflicto social no se desmadre en exceso, ya que de tamañas
desestabilizaciones suele sacar mucho más provecho la derecha
globalizada que los trabajadores. De allí la orfandad política y de
masas de las agrupaciones sindicales trotskistas; cuya apuesta central
es más por agudizar las situaciones de crisis que por lograr
reivindicaciones para los sindicalizados. Dicho esto sin negar lo
abnegado de la militancia de dichas fuerzas. Pero no puede negarse que
lo propio de toda actividad reivindicativa es la negociación. Y si se
producen movilizaciones, la finalidad de estas es fortalecer, desde
posiciones de fuerza, la capacidad negociadora y no conducir a los
trabajadores a situaciones de todo o nada.
Sindicalismo, revolución
y burocracia
Un mito urbano argentino- y en otras latitudes- es la (dogmática)
creencia en una dimensión revolucionaria anticapitalista de la acción
sindical que, en rigor, corresponde casi en exclusividad a los albores
de la sociedad burguesa. En aquellos lejanos tiempos los márgenes
proporcionados por el (todavía) escaso desarrollo de las fuerzas
productivas y el predominio de formas de exacción a los trabajadores aún
embrionarias (plusvalía absoluta, Marx dixit) no permitía el desarrollo
de concesiones laborales y consiguientemente posibilitaba la existencia
de un gremialismo “maximalista”, que jugaba en cada conflicto el
destino de la revolución y de la humanidad toda. En los países
centrales, el tránsito de la centuria decimonónica a la vigésima (en
Inglaterra comenzó poco antes) permitió- con la maximización de las
ganancias atribuible a la generalización de la plusvalía relativa
añadida a la exacción imperialista- volcar parte de los recursos así
generados hacia los trabajadores a fin de “contentar” a la clase obrera.
Desde entonces, la finalidad fundamental de los sindicatos fue
reformista, tradeunionista (en palabras de Lenín) y halló su apogeo
durante la etapa denominada la edad de oro por el célebre historiador
británico Eric Hobsbawm (desde la segunda posguerra hasta la crisis de
la década del ’70).
En países periféricos como la Argentina, los lejanos inicios de las
organizaciones sindicales muestran el predominio de anarquistas y
sindicalistas revolucionarios. Pero bastó una insinuación de negociación
con la llegada al gobierno de la Unión Cívica Radical en 1916 para que
se plegasen a ella varias organizaciones y dirigentes. Y cuando la
crisis de 1930 motorizó el tránsito de la Argentina pastoril a un
mediano desarrollo manufacturero los sindicatos asumieron
mayoritariamente su (definitivo) rostro reformista y conciliador. ¿Acaso
no fue el General Juan Domingo Perón quién mejor leyó las
transformaciones producidas en la Argentina en la economía, la política,
la cultura y la sociedad denominando a su modelo “revolución en paz”?
Tal modelo requirió desde el comienzo una apoyatura sindical, que no era
más que la forma institucional de la masiva adhesión de la clase obrera
al peronismo primigenio. Luego, a lo largo de diversas coyunturas
históricas aparecieron algunas variantes radicalizadas (combativos a
fines de los ‘50 y comienzos de la década del ’60, C.G.T. de los
Argentinos hacia fines de la citada década, sindicatos clasistas casi al
mismo tiempo, coordinadoras obreras en las huelgas de 1975 y otras);
pero si algo tienen en común tales experiencias es su marcado carácter
insular y muy escasa perdurabilidad a lo largo del tiempo, pese a
algunos importantes aportes programáticos y el abnegado testimonio
militante de las luchas desplegadas.
Asimismo un casi clásico equívoco argentino corresponde al (mal) uso del
término burocracia. En efecto, según el sociólogo teutón Max Weber se
trata de la capa encargada de realizar el trabajo administrativo en
todas las sociedades. En los modernos conglomerados humanos dicho sector
implica un carácter necesario, imprescindible y debe contar con
formación profesional ad-hoc. En cambio en la Argentina se denomina
burocracia (sindical) a la mayoría de los dirigentes que gestionan
sindicatos. Por lo tanto, en la versión mítico-romántica; según la cual
los sindicatos deben ser sujetos revolucionarios, se trata de una mafia
encargada de violar la voluntad de los trabajadores. Esto último puede
decirse que es parcialmente cierto en algunos casos. Pero no menos
cierto es que la mayoría de los dirigentes sindicales halla su
legitimidad en las reivindicaciones conseguidas para sus representados.
Eduardo Anguita y Martín Caparros refieren, en su monumental obra “ La
voluntad” dedicada a recuperar la memoria de la insurgente juventud de
la década de los ’70, la perplejidad de activistas revolucionarios
frente al hecho que los obreros del astillero Astarsa prefirieran votar
por la “burocracia”, antes que a la lista a la que apoyaban para
recuperar para los trabajadores la organización gremial. Es sólo un
ejemplo de los muchos en los cuales los trabajadores se negaban a una
“recuperación” que no sentían en rigor como propia. Dicho lo cual no
implica negar la utilización por parte de ciertas dirigencias sindicales
de métodos patoteriles y fraudulentos; más ciertos ordenamientos
jurídicos propios de un modelo sindical (perfeccionado por el peronismo
originario) caracterizado por una sola central sindical, una sola
organización por rama de producción y en ella, la lista ganadora de la
primer minoría se queda con todos los cargos. Por cierto que este
(democratizador) debate es urgente de transitar, a los efectos de
reconstruir una legislación sindical acorde a los avances del pueblo
argentino en ampliación de sus libertades, a casi tres décadas de
recuperación de la voluntad popular.
Prosiguiendo con una aplicación de las nociones weberianas para las
organizaciones sindicales, se trata de comprender que son organismos de
masas en los que la burocracia son el conjunto de personas encargadas de
gestionar la actividad administrativa (cualquier sindicato cuenta con
un ejército de empleados oficinescos que llevan adelante los papeles
imprescindibles para la gestión) y que las muy contadas ocasiones en que
los afiliados pudieren participar en una asamblea para decidir en forma
directa, estas deben realizarse en sitios como estadios de futbol. Por
añadidura las decisiones tomadas suelen no ser mucho más democráticas
que las resueltas exclusivamente por comisiones directivas. Pongamos
como ejemplo ciertas asambleas vitales para el rumbo privatizador de los
‘90 que no se caracterizaron ni por la transparencia ni por el respeto
por la voluntad de los afiliados.
Vandorismo y Ubaldinismo
Tras un cierto período temporal en el que el movimiento sindical
contó con protección estatal (aproximadamente entre 1943 y 1955, fase
que comprende al protoperonismo, como a los dos primeros gobiernos del
General Perón), los sindicatos peronistas pasaron a la resistencia.
Doble resistencia por cierto. La revolución libertadora (1955-1958 y
corresponde llamarla fusiladora, en rigor) en un mismo movimiento
pretendía desaparecer- de ahí la proscripción- al peronismo y a su brazo
sindical, “columna vertebral” del movimiento en la mitología peronista.
Por un lado. Y por el otro se pretendía aplicar un fuerte ajuste hacia
abajo en el poder adquisitivo de los trabajadores. La resistencia fue
entonces contra los dos objetivos de los golpistas (y de gobiernos
posteriores) y resulta indudable la eficacia de la misma; ya que no fue
posible ni reducir drásticamente el salario real, ni desparecer al
peronismo y menos a su brazo sindical.
Tal fue el contexto en que emergió el liderazgo de Augusto Timoteo “el
lobo” Vandor desde la Unión Obrera Metalúrgica (U.O.M., el sindicato más
importante dada la centralidad de dicha actividad en la economía
industrial argentina) y en el conjunto del movimiento sindical. Su
estilo consistió en colocarse en una situación de mediación muy peculiar
entre trabajadores, por un lado. Y por el otro, empresarios,
gobernantes y militares, (estos últimos factor de poder insoslayable,
estuvieren o no en el gobierno). Movilizaba a los trabajadores por
reivindicaciones laborales y desde tal sitial interpelaba a los citados
factores de poder urgiendo la satisfacción de las demandas. En el marco
de la agudeza de la guerra fría, los militares tendían a verlo- más allá
de los delirios característicos de muchos de ellos que asimilaban
peronismo con comunismo- como un “mal necesario” que funcionaba como
valla frente al supuesto o real avance izquierdista. Por aquellos
tiempos, las izquierdas se hallaban más prestigiadas por lo que ocurría
fuera de nuestras fronteras que por sus prácticas en la Argentina,
donde- fieles a su historia reciente- distaban mucho de conectar tanto
con el sentimiento de las masas como con la propia realidad. En el alba
de los ‘60, la U.R.S.S. contaba con el prestigio de haber resultado un
puntal en la lucha contra el nazismo en la que veinte millones de
ciudadanos soviéticos fallecieron por causa de la barbarie hitlerista,
la revolución china tenía poco más de una década y muy recientemente la
revolución cubana mostraba nuevas opciones y métodos para la
transformación social. El “lobo” Vandor podía resultar así
tranquilizador y eficaz mecanismo de contención contra (muy improbables)
avances izquierdistas a los ojos de los uniformados, que padecían
alucinaciones, más inspiradas en parodias cinematográficas (Doctor
insólito) que en peligros reales. Infaltables asesores norteamericanos
atizaban la formación de cenáculos anticomunistas entre los oficiales.
También para gobernantes civiles y empresarios el metalúrgico
garantizaba la dosis de previsibilidad necesaria que conducía al logro
de las reivindicaciones gremiales, lo cual lo legitimaba de cara a los
trabajadores. De allí que lograse demoler al sindicalismo prohijado
desde el estado antiperonista (los 32 gremios democráticos, versión
gremial del gorilismo) y eclipsase con relativa facilidad a la oposición
de izquierda (peronista) nucleada en los llamados combativos. Las
incursiones del vandorismo por las acciones ilegales- que no son tema de
nuestros garabatos- han merecido diversos análisis por parte de
cientistas sociales como de periodistas, como Rodolfo Walsh, quién en
tiempos muy tempranos publicó su célebre texto- ejemplar como todos los
que produjo- acerca del asesinato de Rosendo García. Los días del lobo
terminaron de modo violento y oscuro bajo las balas de una organización
guerrillera, pero, como se verá, su modo de ejercer la conducción
sindical lo sobrevivió a más de cuatro décadas de su final. Fue durante
la dictadura presidida por el General Juan Carlos Onganía; a la cual
nuestro sindicalista apoyó, nada menos que concurriendo a su jura en la
casa de gobierno. En el siguiente apartado proseguiremos el análisis del
derrotero político del vandorismo. Pero ahora es momento de definir los
modos de acción del ubaldinismo, del cual resulta una peculiar forma de
continuación.
Saúl Edolver Ubaldini apareció sensiblemente en el panorama sindical
argentino con el tiempo del desgaste de la genocida dictadura de la
etapa 1976-1983. A diferencia de Vandor, su figuración nacional no se
basaba en el peso de su propia organización sindical- un pequeño
sindicato de empleados administrativos en la industria cervecera- si no
en su vínculo directo con los trabajadores originado en las
movilizaciones de los últimos tiempos de la dictadura y el apoyo
(solapado y escondido) de los grandes organismos gremiales. Retornada la
democracia encabezó nada menos que trece paros generales contra el
gobierno radical presidido por el doctor Raúl Alfonsín, tiempos en los
cuales desplegó su estilo peculiar que trataremos de sintetizar. El modo
de acción ubaldinista se caracterizó por dos ejes decisivos que le
dieron una impronta característica:
a) Interpelaba al titular del poder ejecutivo nacional y nunca al
empresariado. Nunca está de más recordar la recordar la existencia de un
poder económico a menudo invisibilizado, causa verdadera, fundamental y
última de los infortunios populares. La prédica de Ubaldini nada hizo
para volver perceptible a los ojos de los trabajadores a aquellos
núcleos dominantes. Por otra parte, en las plantas industriales la
transición a la democracia había resultado imperceptible y el despotismo
patronal se encontraba casi como en 1976. Nada de ellos era motivo de
preocupación o reclamo por parte de la C.G.T. o su secretario general.
Vinculado a todo esto se encuentra la segunda característica que es
b) Desentender la acción sindical de las consecuencias políticas que
pudiere acarrear. La dinámica de paros generales impulsada por Ubaldini
desgastó al presidente radical y favoreció, en los hechos, la llegada al
gobierno de Carlos Saúl Menem... lo cual en términos de beneficios para
los trabajadores resultó mucho peor que la neutralidad de una suma
cero. El ciclo menemista significó la continuidad y profundización de lo
ocurrido durante los años de la dictadura; es decir la pérdida de
conquistas históricas para los sujetos subalternos, la liquidación de
porciones sustanciales del patrimonio nacional más una severa pérdida de
la capacidad estatal para influir en cuestiones económicas, entre otras
cuestiones perjudiciales para el pueblo y toda nuestra nación.
Sindicalismo, proyecto nacional
y divisiones sindicales.
En la Argentina, como en todos los países periféricos, la cuestión
nacional no anula el conflicto social, pero lo precede. Tal es la raíz
histórica de un movimiento nacional y popular (llamado despectivamente
populista por usinas ideológicas del imperialismo y sectores liberales)
como el peronismo. El modo en que se plasma la articulación social que
sostiene a tales movimientos es una (muy inestable) alianza entre los
trabajadores orgánicamente representados y los empresarios nacionales;
denominada frente nacional y que incluye segmentos significativos de las
clases medias. Casi siempre el máximo dirigente es un líder
carismático, cuya función es sintetizar en sí mismo la complejidad de la
construcción referida líneas arriba. Y una cuestión insoslayable es la
diferencia entre representatividad política y representatividad social.
Muchos dirigentes gremiales vieron naufragar apetencias políticas y su
propio rol social por no poder comprender lo recién afirmado. Volveremos
acerca de esta cuestión decisiva más adelante.
De lo dicho precedentemente surge nítida la significación social y
política del secretario general de la C.G.T. y dirigente de los
camioneros Hugo Moyano. Con un liderazgo conformado alrededor de su
resistencia al neoliberalismo en los ’90, sin embargo se favoreció por
ciertas características de la década nefasta tales como la liquidación
de los ferrocarriles estatales (remplazados por camiones para el
trasporte de cargas), la desindustrialización y el consiguiente
retroceso cuantitativo y cualitativo de sindicatos basados en la
actividad manufacturera. De allí que resaltasen fuertemente los
afiliados camioneros- que mantuvieron en los peores momentos sus
principales conquistas y aún las acrecentaron- con la mayor parte de los
trabajadores, que vieron como se iban uno a uno sus beneficios para
quedarse, como decía Atahualpa Yupanqui, sólo con las penas. Moyano
confrontó con la continuidad neoliberal desarrollada por Fernando De La
Rua y supo tejer una alianza con Néstor Kirchner, mientras el pingüino
estuvo en la presidencia. Durante los dos primeros períodos
kirchneristas el camionero desplegó las artes del “mejor vandorismo”;
por cierto sin el contexto general de la guerra fría. Contuvo las
demandas laborales dentro de límites que no favorecieren desbordes
inflacionarios; a la vez que la mayoría de los trabajadores en blanco
veían año a años mejorar en términos reales sus salarios. Amplió el
universo de los afiliados a su sindicato a costa de otros, por ejemplo,
empleados de comercio. Lo cual resultó enormemente beneficioso para los
trabajadores que ganaron en poder adquisitivo y beneficios sociales. No
puede omitirse el correcto alineamiento de Moyano junto al kirchnerismo,
durante los cruciales días del conflicto contra la gauchocracia
golpista en el año 2008. Demostró así que su vandorismo no lo acercaba
al ubaldinismo (en los términos que lo hemos definido líneas arriba,
desentenderse de las consecuencia políticas que pudiere ocasionar la
acción sindical); ya que resultaba nítidamente claro que un triunfo en
toda la línea de la oligarquía se hubiere llevado puestas el conjunto de
las conquistas laborales. En sus virtudes y no en sus defectos es
preciso buscar las causas de las campañas mediáticas en su contra.
Prácticas ilegales son comunes en todos los sindicalistas. A Moyano se
lo vituperaba no por actuar fuera de la ley, sino por el nivel de
conquistas de sus afiliados y su por entonces acertada opción política.
El todavía secretario general de una de las C.G.T. no es más “mafioso”
que otros dirigentes que no suelen recibir las “caricias” mediáticas del
orden conservador. De todos modos es criticable al moyanismo el hecho
de desentenderse de los trabajadores precarizados, en negro y varios
segmentos sociales más que no integran tradicionalmente el universo de
laburantes agremiables por la C.G.T.
Precisamente lo dicho líneas arriba fue la hendija por la cual se
introdujo la Central de Trabajadores Argentinos (C.T.A.) en los
comienzos de la década de los ’90. Enfrentó y confrontó con el
neoliberalismo, interpeló a los sujetos laborales invisibilizados para
la C.G.T (precarios, en negro, cuentapropistas, desocupados, entre
otros) e incorporó la problemática de los derechos humanos, omisión
“sorprendente” en el conglomerado sindical con sede en la calle
Azopardo, dada la dolorosa historia argentina. Pero jamás pudo penetrar
profundamente entre gremios industriales agrupando, en lo central, a
docentes y trabajadores estatales. No puede omitirse una significativa
paradoja: ambas centrales sindicales estuvieran “borradas” al estallar
el modelo neoliberal en la gran pueblada del 19 y 20 de diciembre de
2001.
La aparición del Kirchnerismo impactó sin dudas en el conjunto del
sindicalismo y ahondó las divisiones preexistentes aportando algunas
novedosas. Del mismo modo que un sociólogo refería sentirse sorprendido
porqué un gobierno realizaba sus ideas largamente soñadas, lo propio
debía decir un sindicalista que defendiera una mejoría del nivel de vida
para sus bases. Por cierto que no es forzoso ser k; pero si reconocer
por vía práctica que el contexto generado por la ya casi década virtuosa
iniciada en 2003 favorece indiscutiblemente a los trabajadores y toda
oposición que pretendiere no ser perjudicial para los sectores
subalternos debe partir de constatar y mantener lo ya logrado para,
desde allí, construir más. De lo contrario, la confrontación cerril
conduce a favorecer y alinearse con fuerzas económicas, políticas y
culturales enemigas históricas de nuestro pueblo y favorables a la
dominación imperialista.
Pero semejante afirmación choca con la historia de ciertos dirigentes
gremiales que anclan su predominio en el empobrecimiento contumaz de sus
propios afiliados. El Secretario General del Sindicato de
Gastronómicos, Luis Barrionuevo, confeso corrupto que acompañó con más
complicidad que entusiasmo las reformas neoliberales es un ejemplo. Pero
tal vez el auténtico paradigma de un curioso sindicalismo
anti-trabajadores sea el máximo kapanga de la Unión Argentina de
Trabajadores Rurales (U.A.T.R.E), Gerónimo “Momo” Venegas. Se trata de
una organización gremial cómplice con el hecho que aproximadamente dos
terceras partes de los trabajadores agrarios laboren “en negro”. Es
decir, sin aportes para obras sociales, ni para sindicatos, ni para
jubilación. No es casual que hayan sido los dirigentes más críticos con
el kirchnerismo y que hubieren producido una ruptura en la C.G.T.
durante el conflicto contra las patronales agrarias, alineándose en
perspectiva tan anti-popular. La nueva C.G.T. azul y blanca nunca pasó
de ser un sello fantasmal blandido por Barrionuevo, aunque algunos
sindicatos de escasa significación lo acompañan. Por el contrario y
demostrando un oportuno y colorido don de ubicuidad la mayor parte de
los dirigentes cegetistas- que se embanderaron con algo más que
entusiasmo en el latrocinio neoliberal- al llegar a la presidencia
Néstor Kirchner se adaptó al cambio de época con vistosa y elegante
petrofacialidad, aceitada por recursos brindados desde el Poder
Ejecutivo. La C.T.A. comenzó a desgarrarse a comienzos del Kirchnerismo
entre un sector afín al proyecto nacional y popular (conducido por Hugo
Yaski) y otro profundamente refractario (lidarado por los estatales
Víctor De Genaro y Pablo Micheli). Este último partía de un hecho cierto
y objetivo: el incumplimiento de la promesa del reconocimiento formal y
legal de la central. Pero a partir de allí desarrollaba una oposición
frontal que desde una perspectiva “ultraizquierdista” lo condujo a
alianzas con fuerzas opuestas a sus declamados objetivos. Hubo un tiempo
en que inclusive se especuló con una posible reunificación entre la
C.G.T. y la franja conducida por Hugo Yaski. Tales elucubraciones
naufragaron… por la acción desplegada por Cristina Fernández de
Kirchner.
En las elecciones presidenciales de octubre del 2011 el pueblo
plebiscitó un rumbo político y económico con un porcentaje y una ventaja
sobre sus perseguidores verdaderamente inusuales. No hay dudas de las
dotes de estadista y conductora estratégica de la presidente. Pero nos
parece que existe asimetría entre las virtudes recién referidas y sus
opciones en términos de construcción política. En un acto masivo cuando
Néstor Kirchner aún vivía ya se habían dejado sentir chisporroteos entre
Cristina y Moyano, que se agudizaron en ocasión de construirse las
listas para los demás cargos. El camionero fue uno de los heridos por el
rayo de Júpiter del dedo presidencial, que le deparó una magra cosecha
de legisladores bastante inferior a sus pretensiones. Mientras el
secretario general de la C.G.T. mantenía algunas reivindicaciones
“molestas” para el ejecutivo como un aumento en el piso de impuesto a
los ingresos salariales y la generalización de las asignaciones
familiares. La mejoría salarial hace que muchos trabajadores se hallan
alcanzados por la referida gabela, pensada originalmente para grabar a
cuadros gerenciales. Y desde cierto piso salarial no se cobran
asignaciones familiares. Reclamos justos por parte de la central
sindical, que podrían haber sido denegados argumentando las dificultades
fiscales agudizadas por la crisis mundial. Otra alternativa pudiere
haber sido intentar construir fuerza social para aumentar impuestos
sobre los sectores poderosos, de modo de solventar el esfuerzo estatal
necesario para satisfacer los reclamos cegetistas. Es preciso recordar
como en el año 2008 el país se vio sacudido por la rebelión oligárquica
contra la pretensión de cobrarles retenciones. Nadie puede resultar
serio si exige mayores erogaciones al estado y a la vez no aporta para
construir fortaleza política que permitiere allegar los recursos
necesarios. La presidente- que ha dado respuesta parcial al reclamo a
fines de enero de 2013) no intentó realizar una imprescindible reforma
impositiva y, contrariando la tradición peronista, ni siquiera recibió a
Moyano, aunque fuera para denegar sus reclamos.
En rigor, el liderazgo del camionero presenta, objetivamente considerado, dos inconvenientes palpables. Ellos son:
a) El sindicato de camioneros es un gremio de los servicios. Su
centralidad es una rémora de los ’90, época de retroceso industrial.
Desde que la C.G.T. se asumió como peronista, casi siempre la secretaria
general correspondía a una entidad gremial manufacturera.
b) Moyano parece sintetizar más a los sindicatos de elevados ingresos
que a todos los trabajadores. Faltó en el tiempo que conducía a una
central (casi) unificada una acción decidida en favor de franjas
laborales con ingresos profundamente deprimidos integrantes de su propia
C.G.T.. Por no hablar del universo de laburantes precarios, en negro y
otros que ni siquiera se hallan sindicalizados.
Lo dicho, con ser estrictamente cierto, no autoriza ni mínimamente lo
que a nuestro juicio es un serio error de Cristina: la expulsión de Hugo
Moyano del espacio nacional y popular. Las prácticas non sanctas del
camionero no pueden ser pretexto. En la C.G.T. más proclive al gobierno
nacional- llamada Balcarce por los plumíferos de la prensa canalla por
ser la calle donde se emplaza la sede del ejecutivo nacional - nadie se
parece ni lejanamente a la Madre Teresa de Calcuta, a frutillitas, al
pequeño poni o a los ositos cariñosos.
Representación social y representación política:
Vandorismo y Ubaldinismo en el siglo XXI
Hugo Moyano es un dirigente sindical apasionado, visceral,
temperamental; pero en nuestra opinión inteligente y racional. Virtudes
que dejó de lado al percibir la tarjeta roja blandida por Cristina, que
lo transformó en toro de lidia enceguecido. Perdió de vista dos
cuestiones que han sido motivo de nuestro análisis en líneas
precedentes. No es lo mismo (cualitativamente) la representación social
que la política. En la propia historia del peronismo sobran antecedentes
de dirigentes sindicales que se tiraron a la pileta de la lucha
política… y se estrellaron con la ausencia de agua. Para ser sintéticos,
el primero fue uno de los constructores del hecho fundacional del
justicialismo, la manifestación proletaria del 17 de octubre de 1945,
Cipriano Reyes. Poco después pretendió resistir una directiva de Perón y
por ello pasó el resto de su larga vida sometido al ostracismo
político. Cipriano ostentaba popularidad en cuanto dirigente gremial,
pero la conducción política le correspondía a Perón y este no le
resignaba a nadie el sitial de “primer trabajador”.
En los ’60 y con Perón en el exilio, Vandor quiso heredar para su
provecho personal al movimiento peronista. Juguemos con el Lobo,
mientras Perón no está, se podría haber cantado parafraseando la ronda
infantil. El exiliado líder aplastó el intento del metalúrgico, pero
nada hizo para obstaculizar su conducción sindical hasta la violenta
muerte del gremialista. Quedó así muy bien delimitada la cancha: quién
ejercía la conducción política y quién el liderazgo gremial. De hecho,
la colaboración demostrada por Vandor con el dictador Juan Carlos
Onganía- a cuya jura asistió en casa de gobierno- no puede dejar de
señalarse que contó con conexiones con el exiliado en Madrid, que en los
primeros tiempos de la “Revolución Argentina” realizó un par de
declaraciones con expectativas para con el nuevo presidente.
Finalmente un cuarto de siglo después Saúl Edolver Ubaldini fue herido
por el modo despiadado con que Menem durante su primer mandato le
fraccionó la C.G.T. perdiendo el cervecero la mayor parte de los
sindicatos; además de los más significativos desde el punto de vista
industrial y numérico en afiliados. La maniobra era una precondición
para el rumbo neoliberal que el riojano comenzaba a transitar: la
pérdida de conquistas laborales y la liquidación por debajo de precio de
remate del patrimonio nacional eran irrealizables sin complicidad
sindical. Ubaldini en las primeras legislativas posteriores al triunfo
del farandulesco presidente encabezó una lista que pretendió agrupar al
peronismo que caracterizaba (ingenuamente) a Menem como liberal
antiperonista. Pero su escuálido 1% frente a los casi 50 puntos del
justicialismo oficial demostró de que lado quedaba el (por entonces)
vero peronismo y refrendó la ley de la política que aquí tratamos de
ilustrar: la diferencia cualitativa entre la representación social y la
política. Luego Ubaldini vegetó un cierto tiempo en la política nacional
como diputado nacional brindando al Duhaldismo una cara presentable con
pasado de lucha. Otro histórico del sindicalismo y la resistencia,
Andrés Framini, adornó con su nombre y prestigio de luchador las listas
del macrocéfalo de Lomas de Zamora. El extravío de la brújula política
lleva a honestos luchadores a convertirse en mascarones de popa para
proyectos profundamente perjudiciales para los sectores populares.
Sólo Evo Morales en Bolivia pudo dar el enorme salto en calidad de pasar
de líder social a presidente en un proceso de transformaciones
inéditas, que lleva más de una década de construcción y más de un lustro
de hegemonía política muy difícil de derrotar. Ni siquiera el brasileño
Lula da Silva puede ser tomado como ejemplo, ya que su trayectoria como
dirigente sindical fue muy corta y exigua. En rigor el P.T. más que un
partido obrero y de izquierdas es la expresión de una muy curiosa
coalición conformada por los sectores más pobres del país, la clase
obrera industrial y las fracciones de la burguesía más lúcidas; estas
últimas muy conscientes del raquitismo de las fuerzas políticas afines a
su condición de clase, tanto en proyecto como en dimensión nacional. La
formación política fundada por Lula es prácticamente el único aparato
electoral con alcances en todo el vasto territorio brasileño.
Concluyamos estas consideraciones con una constatación que nada
casualmente es omitida y escamoteada por el pedorreo mediático
derechoso: la inmensa mayoría de los afiliados al sindicato de
camioneros “banca” sindicalmente a Moyano, pero políticamente vota por
Cristina. Los trabajadores conocen a la perfección que propuesta
política los favorece y cual los perjudica ostensiblemente.
El otro aspecto que la “ceguera” de Moyano omitió fue el hecho que todo
dirigente sindical- por el contrario de Ubaldini en su etapa de
“esplendor”- debe analizar las consecuencias políticas de su accionar.
De modo que la pregunta no es si debe hacérsele o no una huelga al
gobierno presidido por Cristina. La cuestión es si desgastar al
ejecutivo favorece a los trabajadores o a sus enemigos históricos.
Anticipamos nuestra respuesta favorable a la segunda opción y en el
siguiente apartado desarrollaremos los correspondientes argumentos.
2001. 19 y 20 de diciembre. 2012
Segundas partes no es que no fueron buenas,
resultaron casi grotescas
Repitamos una consideración anterior: la expulsión de Moyano- en
nuestra opinión- fue un error de Cristina. Pero producida la situación
el despeñadero transitado por el camionero fue su propia
responsabilidad, acicateado por el quite de recursos (y favores
políticos) propiciado desde el ejecutivo nacional. Por otra parte en la
interna peronista, la madre de todas las batallas, pasó a jugar de modo
protagónico en el bando de lo más retrógrado del justicialismo. En lo
sindical, selló una alianza con impresentables, como los citados
Barrionuevo y Venegas, y desde allí cargó… contra la pobreza. Es
innegable que subsisten bolsones de pobreza indignantes, dentro de un
contexto general de amplia mejoría para los sectores postergados. Y hay
una cuestión mucho más sutil y compleja además. Las franjas sociales que
hemos mejorado nuestra condición económica y material en la década
kirchnerista, luego demandamos nuevas mejorías y hasta puede ser
percibida una situación de no pobreza (cuantitativamente considerada)
como si lo fuera. Quién accedió a un “piso” de derechos y beneficios lo
percibe como algo natural y demanda ampliarlos constantemente. Pero
aliarse con Barionuevo y Venegas es hacer coalición con quienes son
parte consustancial del problema y jamás pueden hacer aporte alguno a la
solución. Moyano representa a los trabajadores camioneros frente a las
patronales y empresarios del sector conocen su consecuencia en la
defensa de sus representados. Y hasta se halla en disputa la
representación del conjunto de los asalariados; ya que existen dos
C.G.T.. Pero Venegas es un personero directo de la oligarquía
terrateniente contra los trabajadores rurales y embiste contra el
gobierno que ha generalizado las jubilaciones para aquellos laburantes
que no pudieron realizar sus aportes. Entre ellos, peones rurales que
han dejado su vida expoliados de sol a sol… y en negro. Coaligarse con
tales elementos para combatir la pobreza equivale a defender la
integridad corporal de los niños con estandartes como el padre Grassi (o
cuanto sacerdote pedófilo pululare por el mundo), el occiso Michael
Jackson y el bambino Veira. Así Moyano dispuso un paro general… desde
los estudios de T.N. (grupo Clarín). Se trata de una empresa que
incumple los derechos constitucionales correspondientes a los
trabajadores de organizarse sindicalmente. El camionero “omitió” en la
ocasión hacerse eco de esa larga lucha de los empleados de Clarín por
sus derechos gremiales. Por otra parte, no puede ignorar que se trata de
un grupo empresario que apoyó a la dictadura a cambio de suculentos y
sangrientos negocios, lucró con el Menemismo y lavó sus deudas durante
la presidencia de Duhalde “volcándolas” sobre un pueblo entonces
hambreado. El cuadro de sus nuevos aliados mediáticos lo configuraban
los medios de la derecha que siempre lo defenestraban y pasaron a
analizarlo como si fuera “rubio y de ojos azules”. Olvidaba así las
enseñanzas del propio Perón quién siempre decía: “yo todos los días leo
La Nación (diario que expresa orgánicamente a la oligarquía
terrateniente y al gran capital, aclaración nuestra) y me paro
inmediatamente en la vereda de enfrente”. No se puede favorecer al
pueblo aliándose con sus enemigos históricos, quería decir con las
palabras citadas el general- nada casualmente- profundamente admirado
por Hugo Rafael Chávez Frías.
Así el 19 de noviembre se hizo el primer paro general contra el gobierno
de Cristina. Secundaba a Moyano Pablo Micheli, secretario general del
otro gajo en que quedó dividida la C.T.A. El mencionado dirigente no
parece extraer enseñanza alguna de las fuerzas que se caracterizaron por
un antikirchnerismo bobo, como por ejemplo el Partido Obrero. En el año
2005, desesperados por diferenciarse por izquierda del ejecutivo
nacional, concurrieron a una marcha de las impulsadas por el falso
ingeniero Blumberg bajo la consigna que “200.000 personas no pueden
estar con la derecha”. El profesional trucho de marras dijo en la
ocasión “los derechos humanos no son para ustedes, son para los
delincuentes” recibiendo una atronadora ovación de sus seguidores. Tal
vez allí los ingenuos militantes troskosaúricos pudieron por un momento
meditadar sobre la posibilidad que la derecha movilice masas con
inocultable entusiasmo y velas blancas; pero fieles a una práctica de
casi medio siglo, no realizaron autocrítica alguna por tan grotesca
intervención. ¿Será casualidad que es tan frecuente encontrar en los
periódicos de los partidos de izquierda troska los mismos contenidos que
rebuznan los economistas neoliberales y profecías nunca cumplidas
(crisis y dispersión del kircherismo)?. Vilma Ripoll y su (raquítica)
fuerza, Pinedo Solanas y sus (muy escasos) seguidores, Humberto Tumini y
sus liebres del sur o el narcosocialismo binnerista son diversos
ejemplos del abismo político al que conduce el antikirchnerismo
irracional, que de tan bobo se vuelve cómplice de la reacción.
En cuanto a Micheli, se trata de un dirigente tan desflecado en
representación social (varias seccionales de su sindicato, la Asociación
Trabajadores del Estado, A.T.E., lo han desautorizado en su accionar y
la C.T.E.R.A. el otro gremio fuerte de la central pasó a la fracción
opuesta) como ridículo en su aspecto. Su estilista capilar (¿responderá a
alguna tendencia sindical opuesta?) lo presenta con un alisado en sus
otrora rubios rizos, opuesto por completo con la estética y un teñido de
tonalidades cópricas que le resta seriedad y credibilidad. Tal vez por
ello no se destacó lo suficiente una declaración suya prometiendo una
guerra nuclear contra el gobierno nacional, si no se daba satisfacción a
las demandas de los huelguistas. Tampoco se lució cuando quiso
subestimar e ironizar acerca de ciertas acusaciones del gobierno hacia
los movilizados en los dos cacerolazos “espontáneos” organizados por
fracciones medias y altas enroladas con el neoliberalismo y la reacción.
Desestimó Micheli que fueran “destituyentes”, cuando en realidad el
adjetivo popularizado por los intelectuales de Carta Abierta es
insuficiente para retratar y sintetizar el racismo, la condición
golpista, la intolerancia, la exaltación vocinglera hacia el femicidio,
la violencia verbal y física sufrida por diversos periodistas (inclusive
el autor de esta nota) junto con el culto a la muerte exhibidos por los
sonoros vociferantes anti-k.
La curiosa huelga tuvo más repercusión en los massmedia de la derecha
que en las plantas industriales. No se registró disminución de la
demanda de energía durante toda la jornada, debido a que la actividad
manufacturera no se detuvo. Su principal fuente de efectividad fueron
los bloqueos (piquetes) en rutas, caminos y accesos; por lo cual el
universo de huelguistas se concentró en los trabajadores administrativos
de clase media. La medida de fuerza culminó con una cierta movilización
en la que los sindicatos convocantes contaron con la siempre gentil
colaboración de ciertos agrupamientos de izquierdas y militantes PRO en
extraña alianza contra natura. Por lo demás, la ciudad de Buenos Aires
pareció transitar más un bucólico feriado que una épica jornada de lucha
proletaria.
Si bien los dirigentes se mostraron envalentonados por los resultados de
la huelga general, el magro resultado de la misma no les permitió
repetirla, convocando a una concentración sin cese de actividades en el
mes final del año. Pero lo sucedido el 19 y 20 de diciembre- en nuestra
opinión- retrata claramente que el conjunto de dirigentes sindicales
mencionados se halla comprometido- más que en cuestiones
reivindicativas- en un intento de desestabilizar al gobierno nacional,
habida cuenta que por mecanismos convencionales resulta imposible vencer
al proyecto popular conducido por Cristina.
La maniobra contemplaba una grosera deformación: equiparar la
concentración convocada para el 19 de diciembre con la jornada acaecida
once años antes que puso fin al predominio neoliberal en la Argentina.
La escuálida concurrencia puso de manifiesto la pérdida de fortaleza, no
sólo política de los convocantes. También evidenció la merma en la
representatividad social de los organizadores mencionados. Ni siquiera
la prensa furibundamente enemiga del proyecto nacional y popular pudo
disimular los hechos incontrastables que mencionamos. Tal vez todo ello
influyó para que el día 20 de diciembre se realizaran saqueos en
diversas ciudades. La comprobada presencia de delegados del sindicato de
camioneros (con sueldos de al menos 10.000 pesos) en la ciudad de
Campana, de punteros muy visibles de la derecha peronista y de otros
referentes políticos; por ejemplo, ligados al intendente de San Carlos
de Bariloche, Omar Goye, por ello suspendido en sus funciones, quién
notificó a los medios del grupo Clarín de los saqueos antes que las
robinsoneadas se produjeran, en la organización de las acometidas contra
supermercados demuestra que la pobreza que aún sufren muchos
compatriotas no fue la causa principal y se intentó revivir el caos de
fines del 2001. La saqueocracia pasó así a ser la fase superior del
vandorismo y del ubaldinismo. O una forma peculiar de sindicalismo del
siglo XXI. Por cierto que, subrayemos, en el marco de un plan de
desestabilización ideado, conducido y liderado por los grandes medios
reaccionarios.
Dejemos para terminar el cuadro y antes de pasar a mínimas conclusiones
un breve comentario de dos declaraciones realizadas ya en 2013, poco
antes de cumplirse un mes de los últimos sucesos comentados. El ex
ministro de economía de Duhalde y Kirchner y frustrado candidato a la
presidencia por la U.C.R. en el 2007, Roberto Lavagna, denunció fraude
en las elecciones de octubre del 2011. Además de la total ausencia de
pruebas y nula seriedad de sus dichos, al tardío denunciante le faltó
definir si el verdadero triunfador resultó Jorge Altamira o su
competidora por el último sitial Lilita Carrió. Pero en rigor se trata
de una intervención siniestra en la actividad política, que marca a las
claras que el economista pese a su promocionado auto-elogio como cultor
de modales sutiles y refinados (florentinos) no pasa de ser un simple y
pálido operador de un dirigente de una decadencia más profunda que las
fosas de Mindanao: Eduardo Duhalde. La otra intervención correspondió a
un personaje de la picaresca nacional, un curioso dirigente de la Unión
Industrial Argentina, José Ignacio de Mendiguren, que carece de
industrias porqué vendió su empresa en los años del predomino
neoliberal. Muy suelto de cuerpo advirtió que los sindicatos deberían
restringir sus demandas salariales; ya que de no hacerlo se estaría
reconfigurando un escenario social similar al desencadenado durante el
rodrigazo (primer intento en la Argentina de aplicar purgantes
neoliberales) en junio de 1975. La disputa- como se ve- busca
desestabilizar al gobierno mediante intervenciones de carácter
perlocutorio (es decir, crear hechos desde el lenguaje) y no vacila en
recurrir a los métodos más desleales y repugnantes que imaginarse pueda.
Conclusiones.
1) Pese a las dificultades provocadas por la crisis mundial el
gobierno mantiene un rumbo correcto y alta aceptación, particularmente
entre los sectores populares. Si no se desea apoyarlo, es preciso no
debilitarlo favoreciendo a las derechas, habida cuenta que la opción
real en la política concreta en la Argentina de la etapa es Crsitina o
el neoliberalismo.
2) La ruptura entre Cristina y Moyano parece haber llegado a un punto no
retorno. Pero la historia demuestra que en el peronismo lo imposible se
vuelve factible una y otra vez. En especial el camionero debe
reflexionar y aceptar que desestabilizando al modelo industrialista que
recuperó la negociación paritaria, inscribió a la Argentina en el bloque
de países latinoamericanos que pugna por la definitiva independencia y
amplió los derechos de los trabajadores (entre muchos otros rasgos que
favorecen a los sectores populares) no podrá defender ni a sus afiliados
ni a los demás sectores sindicales. Con el modelo de Biolcatti,
Magnetto, Barrionuevo, Venegas no habrá mejores conquistas para los
trabajadores, sino más bien todo lo contrario.
3) Por otra parte, las posibilidades de Moyano de convertirse en
dirigente político electivo son menos factibles que el PRO de Mauricio
Macri tome un conjunto de medidas que favorezcan a los sectores
populares. Que lo ensalcen los medios que hasta hace poco lo vituperaban
no ha logrado reducir mínimamente su profunda imagen negativa.
4) La alianza con los Barrionuevo, Venegas o Micheli es peor que el
famoso “abrazo del oso”. Es el apretón de una ballena que te sumerge en
lo más hondo del mar.
Las Toninas. Del 12 al 31 de Enero de 1913.